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La siesta

siesta Este es un tema conflictivo. Me pregunto cómo abordarlo sin que me cueste el puesto de trabajo o mi jefe tome represalias. En fin, todo sea por vosotros.

Veamos cómo va la cosa.
En el resto del planeta existe la idea -preconcebida por supuesto- de que en este país nos tomamos las cosas a otro ritmo, y que todo el mundo duerme la siesta después de comer. Desde luego, nada más lejos de la realidad.

Si le preguntas a cualquiera te dirá que él / ella es la persona que más trabaja en su empresa, que siempre estamos estresados, que no tenemos tiempo para nada y que siempre vamos corriendo de un  sitio a otro haciendo mil actividades.

¿La siesta? La siesta es un mito. ¿Alguien puede imaginar una sociedad como la nuestra con McDonalds, Fnac, Zaras y otros, en la que todo se paralizase para ir a dormir durante 1 ó 2 horas?
-Sr autobusero, por qué se detiene en este cruce?
-Es que es mi hora de la siesta, vuelvo en 45 minutos
-¡Ah! No se preocupe que aquí le espero….
Raro, ¿no?

Sin embargo, la siesta existió como realidad, en sociedades arcaicas, en el campo por ejemplo, porque en las horas de máximo calor era imposible trabajar, por lo tanto, esa es otra información que se ha ido transmitiendo de generación en generación y que todos llevamos grabados en el “gen siesta”, que solo se ha detectado por estas latitudes.

Y ya sabemos cómo va esto de la genética y de su expresión. El tener un gen no nos determina, pero, si dicho gen encuentra las circunstancias apropiadas, es muy probable que tienda a expresarse, y esto es especialmente observable en términos de conducta.

Tomemos el ejemplo del funcionario o administrativo de cualquier empresa que trabaja 8 horas detrás de un ordenador, rodeado de documentos y archivos. Higiénicamente, por temas de salud, a esta persona le corresponden 15 minutos de pausa para el desayuno a eso de las 10 am y 1 hora para comer alrededor de las 14pm.

Bien, no perdamos de vista que esta persona es “portadora del gen-siesta”, que aguarda sigiloso el momento adecuado para expresarse. Así pues, el trabajador que ha llegado a las 9 de la mañana y que se esfuerza por equipararse en eficacia a cualquier europeo allende los Pirineos, empieza, sobre las 9.30 a sentir un malestar generalizado que cursa con inquietud física y mental, que le impide mantenerse concentrado, un impulso irreprimible que le obliga a levantarse, revolverse en la silla, y empezar a pensar en el bocadillo de jamón que se ha traído de casa. Esta inquietud le obligará a buscar a otros individuos que se encuentren en el mismo estado para compartir la experiencia.

Por tanto, si tienes que integrarte en un ambiente de portadores es mejor que aprendas las normas básicas para que no se den cuenta de que eres un “no infectado”. Ahí van algunas de ellas:

1.    30 minutos antes de la pausa, ya sea el desayuno o la comida, empieza a mostrar cierto nerviosismo, mira a tu alrededor, mira el reloj (los resoplidos funcionan bastante bien)
2.    Localiza a tu compañero más próximo y pregúntale «¿Qué te has traído para comer?»,lo que además te dará pie a ampliar tu conocimiento sobre la gastronomía tradicional.
3.    Busca el corrillo, verás como aproximándose el momento clave, los portadores tienden a agruparse.

Pero ahí no queda la cosa. Después de la ingesta, sucede un efecto similar: esta vez el portador entra en una especie de sopor que igualmente le impide concentrarse, y realizar su trabajo pese a sus esfuerzos. Algunos comentarios que te ayudarán a pasar desapercibido, y que te  permitirán ser reconocido como parte del grupo, pese a tu pelo casi albino o aunque tengas los ojos como dos rayas, son los siguientes:

–    ¡Uff! No me tenía que haber comido todo el tupper de lentejas
–     Madre mía, qué siesta me pegaba ahora mismo
–    ¿Vamos a echarnos un piti?
–    ¿Vistéis a “la Esteban” en la tele anoche?

Es muy probable que este episodio tenga una duración de otros 30 minutos, pero sus efectos se van diluyendo de forma progresiva hasta desaparecer completamente.

En definitiva, si tienes la suerte de haber encontrado un trabajo en Barcelona, recuerda estas pequeñas normas de convivencia si no quieres amargarte o que tus compañeros te llamen “el pringao” “el pelota” o “el guiri”. En caso de que cada vez que esto suceda te entren taquicardias y sudoraciones, sigue mi consejo: el yoga va muy bien, y las respiraciones profundas también. Relájate, piensa en las razones que te trajeron a Barcelona y, si no encuentras ninguna que lo compense, siempre te quedará denunciar a la agencia que te vendió el viaje por daños y perjuicios

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